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jueves, 31 de enero de 2013

Nueva e infructuosa búsqueda de especias. Marrakech, enero 2008


De nuevo Marruecos. Nunca un viaje al mismo sitio es el mismo. Heráclito o quién quiera hablar. Volvemos al germen del descubrimiento; al aleph bajo nuestra cama. Qué distinto es ahora todo.

Dicen que Marrakech, está teñida de sangre. Torrente arterial que sólo ultraja la vista, trasunto de ancestros, distorsión de libertades; falsa inercia de la insidia. ¿Dónde, esa herida?



martes, 22 de enero de 2013

El Jadida, emborronada sobre una libreta, a finales de julio de 2007



Los vagones están completos. Evidencia. Negarlo antes de subir al tren sería no reconocer la idiosincrasia de este pueblo. Pero la amabilidad de su gente anula toda incomodidad logística. La amabilidad de su gente, aunque de ella descrean los del Norte.

En el pasillo del tren nos amontonamos, hacinados, aunque cómodos entre esta gente. Descansamos los pies y los esguinces. Todos y cada uno de los perfiles del marroquí medio nos rodean. Un enjambre de niños mellados por heridas y arañazos, con camisetas y bermudas heredadas de hermanos y vecinos mayores, de chanclas reutilizadas y casi sin suela, juguetean inocentemente con nosotros; con la otredad, con lo exótico. Bajo el sol insolente, interiorizando la necesidad de la transpiración pública para afrontar las inclemencias estivales, me dejo caer lánguidamente. El mundo pasa fuera, frente a mí, sobre una cadena de montaje. Mi frente chorrea mientras sonrío a una mujer enfundada en negro. ¿Qué es lo otro, mi vergüenza o su cueva?