Los vagones están completos. Evidencia. Negarlo antes de
subir al tren sería no reconocer la idiosincrasia de este pueblo. Pero la
amabilidad de su gente anula toda incomodidad logística. La amabilidad de su
gente, aunque de ella descrean los del Norte.
En el pasillo del tren nos amontonamos, hacinados, aunque
cómodos entre esta gente. Descansamos los pies y los esguinces. Todos y cada
uno de los perfiles del marroquí medio nos rodean. Un enjambre de niños
mellados por heridas y arañazos, con camisetas y bermudas heredadas de hermanos
y vecinos mayores, de chanclas reutilizadas y casi sin suela, juguetean
inocentemente con nosotros; con la otredad, con lo exótico. Bajo el sol
insolente, interiorizando la necesidad de la transpiración pública para
afrontar las inclemencias estivales, me dejo caer lánguidamente. El mundo pasa
fuera, frente a mí, sobre una cadena de montaje. Mi frente chorrea mientras
sonrío a una mujer enfundada en negro. ¿Qué es lo otro, mi vergüenza o su
cueva?
